El restaurante de luces tenues y paredes de madera oscura parecía el escenario perfecto para una cena romántica, pero el aire estaba tan cargado de tensión que un simple parpadeo amenazaba con desencadenar una tormenta. Min-ho permanecía sentado en el centro de la mesa, con los dedos entrelazados y la mirada clavada en el mantel, consciente de que el suelo bajo sus pies se había desmoronado por completo. Frente a él, dos mujeres que no se conocían hasta ese exacto instante compartían el mismo brillo de furia incontenible en los ojos. Sin mediar palabra, una de ellas deslizó con violencia una fotografía sobre la superficie pulida, haciendo que el pasado oculto de Min-ho quedara al descubierto en una sola imagen.

—¡Dile ahora mismo cuál de las dos es tu esposa! —exigió la primera mujer, con la voz quebrada por la traición mientras su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración acelerada.

Min-ho intentó incorporarse para huir de la escena, pero sus piernas no respondieron; en su lugar, recibió una sonora y fulminante bofetada que le giró el rostro hacia un lado. La segunda mujer, incapaz de contener la indignación, se puso de pie de un golpe seco que hizo tintinear los vasos, golpeando la madera con la palma de la mano abierta.

—¡Me juraste que ella era tu hermana! —gritó con un dolor profundo que resonó en cada rincón del establecimiento vacío, mientras los pocos camareros observaban la escena desde la distancia, paralizados ante el espectáculo.

El silencio que siguió a la acusación fue más aterrador que los gritos, un vacío espeso donde el sonido del aire acondicionado parecía el tic-tac de un reloj de cuenta regresiva. Lejos de calmarse, la primera mujer se inclinó hacia adelante, tomó con firmeza la muñeca de la segunda y apartó la manga del abrigo para revelar una verdad que superaba cualquier pesadilla. En el dedo anular brillaba exactamente el mismo diseño de oro blanco con incrustaciones discretas que ella misma llevaba puesto desde hacía tres años.

—¡Nos casó a las dos! —susurró la primera, con una calma helada que congeló la sangre de todos los presentes.

Lentamente, como en una coreografía macabra sincronizada por el rencor, ambas mujeres giraron el rostro hacia el hombre que las había engañado con una maestría escalofriante. Min-ho retrocedió tambaleándose hasta chocar contra el respaldo de la silla, acorralado por dos miradas que ya no buscaban explicaciones, sino venganza. Las manecillas del reloj parecían haberse detenido mientras el sudor frío recorría la frente de un hombre que había jugado con dos vidas y estaba a punto de pagar el precio definitivo.

—No saben toda la verdad… —balbuceó con los labios temblorosos, justo antes de que la pantalla se congelara en un primer plano de sus ojos suplicantes, dejando en el aire la promesa de un secreto aún más oscuro que cambiaría las reglas del juego para siempre.

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