La oficina del piso 24 olía a café frío y tensión acumulada. Elena dejó sobre el escritorio de su esposo el sobre manila abierto, con las fotografías impresas en papel brillante que no dejaban lugar a dudas. Mateo levantó la mirada, intentando mantener la compostura, pero el temblor en sus dedos lo delató por completo.

—¿Creíste que nunca me enteraría de tus maletas listas para mudar otra vida? —preguntó Elena con una calma gélida que cortaba el aire.

Mateo tragó saliva, buscando las palabras correctas para justificar los meses de mentiras y los viajes falsos de negocios.

—No es lo que piensas, Elena… ella solo es… —comenzó a decir Mateo, levantándose abruptamente de la silla ejecutiva, con el rostro pálido.

—¿Solo qué? ¿Una pasajera en la vida que construimos desde cero? —lo interrumpió ella, dando un paso al frente sin apartar la mirada de sus ojos—. Firmamos un compromiso, Mateo, pero parece que olvidaste cada cláusula el día que decidiste apostar nuestro patrimonio.

Antes de que él pudiera articular otra defensa, la puerta de la oficina se abrió de golpe, revelando a Sofía, quien sostenía las llaves del auto y una maleta pequeña en la entrada.

El silencio sepulcral que invadió la sala fue interrumpido únicamente por el zumbido del aire acondicionado. Sofía miró a Mateo con desprecio y luego a Elena, cruzándose de brazos.

—Te dije que este momento llegaría tarde o temprano, Mateo —dijo Sofía con voz cortante—. O le dices la verdad completa de una vez, o me voy ahora mismo con todo lo que acordamos.

Elena soltó una risa seca, cargada de ironía, mientras cruzaba los brazos y se giraba hacia ambos.

—No te molestes en empacar, Sofía. El departamento donde planeaban vivir ya está a mi nombre, y las cuentas corporativas están congeladas desde esta mañana. Bienvenidos a su nueva realidad.

Deja un comentario