—¡¿Cómo te atreves a sentarte con MI marido?! —gritó la intrusa, con la voz quebrada por los celos y los ojos fijos en Soo-jin.
El desconcierto duró apenas un segundo en el rostro de la esposa. Con una frialdad implacable, Soo-jin se levantó de la silla, sacudió ligeramente su ropa y, sin dudarlo ni un instante, le devolvió el golpe con tanta fuerza que la recién llegada tambaleó hacia atrás.
—¡¿Tu marido?! —espetó Soo-jin, con una mirada capaz de congelar el fuego—. ¡Él es MI esposo!
Min-ho, atrapado en el epicentro de la tormenta, se quedó completamente paralizado. Su mandÃbula temblaba y el sudor frÃo comenzó a recorrerle la frente, incapaz de articular una sola palabra para salir de la trampa en la que él mismo se habÃa metido.
La tensión alcanzó su punto de ebullición cuando la supuesta amante, recuperando el equilibrio, señaló a Min-ho con un dedo tembloroso de indignación.
—¡Me juraste que ella era tu amante! —le recitó al hombre con desprecio antes de volverse hacia Soo-jin—. ¡Yo soy su legÃtima esposa!
Un silencio sepulcral cayó sobre la mesa mientras el aire parecÃa volverse irrespirable. Soo-jin giró lentamente la cabeza hacia Min-ho, analizando cada centÃmetro de su rostro pálido y sudoroso antes de pronunciar la frase que lo destruirÃa todo.
—Entonces… —susurró con una calma aterradora—, ¿quién de las dos está casada contigo?
Min-ho abrió la boca desesperado, balbuceando excusas patéticas mientras ambas mujeres, unidas de pronto por el mismo desprecio, se inclinaban sobre él para acorralarlo sin escapatoria posible. La trampa estaba cerrada y el engaño de años se desmoronaba en cuestión de segundos.
Con la mirada fija en el objetivo, Soo-jin rompió la cuarta pared y se dirigió directamente al público con una sonrisa calculadora:
—¡SÃgueme, dale me gusta y mira el primer comentario para la segunda parte!